Cecilia no sabía que tenía cáncer, al saberlo su vida completa cambió. Lee su historia en este post.
Los tres últimos habían sido años movidos. Llenos de trabajo y emotivamente muy duros y profundos, de modo tal que todos los síntomas que fui detectando antes de que me diagnosticaran me parecieron imperceptibles. Escribo guiones para cine y televisión, cuentos y novelas, pura ficción; lo que no implica que en este relato me lance a inventar.
No me había sentido bien de salud. Mi hermana, que era mi vecina, me escuchó en varias ocasiones mirarme al espejo en su recámara y decir: “algo que no soy yo está dentro de mi y me hace sentir mal”. Un mal carácter insólito me aquejó, llegué a pelear con mi hermana e incluso irme a los golpes contra mi hija adolescente. Raro, porque era considerada más bien como un ser gracioso, con una gran sentido del humor, no como una peso pluma pasadito de edad y abusadora de adolescentes.
Al ir al baño noté que mis heces fecales, más bien mi hez fecal, estaba a punto de dirigirme la palabra como un ente autónomo y escalofriante. Tenía un tamaño y aspecto francamente espantosos, pero sobre todo aparecía en ella un poco de sangre. Me traté con mi homeópata, quien, al no lograr que la sangre desapareciera, me recomendó ir con un gastroenterólogo. Comencé a visitar al proctólogo de mi seguro. Éste, después de revisarme por el recto con un aparato especial, me aseguró que eran hemorroides con una falta de convicción tal que despertó mi total desconcierto. Estuve, sin embargo, asistiendo con él y siguiendo sus instrucciones durante varios meses. Básicamente me dijo que me diera baños de asiento con agua caliente. Yo insistía en preguntarle si había visto las hemorroides porque yo ni era estreñida ni sentía nada en el recto. Él respondía que no. Se trataba de hemorroides internas.
Mi estado de salud era cada vez peor, pero había pocos síntomas definidos y sí un estado general extraño, como si mi cuerpo estuviera siendo poseído poco a poco y de cuando en cuando me lo quisiera hacer saber y no supiera cómo.
Había sido durante toda mi vida una flaca irredenta. En mi juventud un terapeuta pensó que podía ser anoréxica. Curioso pero cuando me enfermé, en vez de observar indicios negativos, engordé, me sentía satisfecha con mi figura y la verdad, para qué negarlo, con un cuerpazo.
Como no había nada claro y la sangre, que era muy poca, no se quitaba, recurrí a la esoteria. Una amiga me contactó con dos seres extraños, chamanes residentes en París. Sonaban lo suficiente esnobs para parecer atractivos y prometedores. Había que aprovechar. Estaban en México. Fui con ellos sin decirle a nadie. Me hicieron un masaje siniestro que me dejó bastante adolorida.
Viajé con mi marido al Japón, y un día, de camino a ver al enorme Buda de bronce en la ciudad de Kamakura, sentí un cansancio inusitado. Me dolía la espalda baja de un modo espantoso. De inmediato le achaqué el incidente a mi poca pericia para andar en bici: asolé a los japoneses por las banquetas y carreteras con mi desequilibrio. Pero igual que el día frente al espejo de casa de mi hermana, pensé: si no me atiendo estoy segura que me voy a morir. Acallé mi dolor y angustia con un analgésico, como nunca tomaba medicina alguna, surtió efecto.
Una hermana de mi papá, mi tía Tete, que nos había estado procurando durante la enfermedad de mi madre hasta que ésta murió, me preguntó entonces por mi salud. Le comenté y me dijo que ella misma vería la forma de llevarme a Nutrición con un amigo suyo, porque mis síntomas no eran normales. Me fui a Houston con mi marido y su familia a la casa de mi cuñada, dispuesta a descansar. Ahí no puede ni leer. Ya me había dado cuenta de que mi vista era borrosa al revisar videos para la elaboración de los guiones que estaba escribiendo. Lo único que hice fue tejer con agujas bien grandes. Al regresar, gracias a mi tía Tete, ingresé al Instituto Nacional de Nutrición, donde en enero del 2006 me hicieron varios estudios. Mi hermana me acompañó a realizarme una colonoscopia.
En la parte que denominan el ciego del intestino delgado había un pólipo. Los pólipos generalmente no son tumores malignos, pero debían de todos modos hacer una biopsia.
A recibir el diagnóstico me presenté sola. Como el doctor me dio la noticia en frío y me regañó por no haber ido acompañada, mi ánimo de venganza afloró de inmediato. Ante la devastadora noticia, lloré como si se hubiera roto un grifo que no tuviera llave de paso. El médico dijo: “me va a ahuyentar a los pacientes”. Entonces le respondí, recuperando el temple y como si viniera al caso, que él le había gustado a mi hermana. Se quedó perplejo. Fuera de balance. Lo vi flaquear. Orgullosa, paré de llorar durante unos segundos deleitándome con su reacción, los suficientes para, dueña de mí, marcharme.
El cáncer aunque sea hoy día tan común y curable, ya era el tema para mí y el asunto del gasto que se me venía encima, era estremecedor. Por suerte seguía pagando el seguro privado, a pesar de que el proctólogo de éste no había sabido diagnosticar y me había hecho perder tiempo. Por suerte, porque una vez que supieron mi mal, los doctores de Nutrición me mandaron al área de Servicio Social, que de servicio y social no tiene nada. Abrumada con la noticia no tenía cabeza para entender lo que debía hacer. La operación era inminente, pues debían cerciorarse si no había más cáncer. La señorita de Servicio Social me preguntaba detalles técnicos, que en ese momento me parecían física cuántica. Yo dije que tenía seguro. Debía llenar unos papeles. Mi seguro se llama “Plan Seguro”, pregunté cómo operaba eso.
Me dijeron que si tenía seguro entraba con la tarifa más alta y que eso ya no se podía cambiar después. Me ataqué, sobre todo por el estado de ánimo en el que me encontraba. Entre azorada, asustada y desde luego evasiva, no llené los papeles y fui con mi asesor del seguro. Resulta que “Plan Seguro” estaba echando a andar en ese momento un convenio con Nutrición, el cual me eximía de pagar el coaseguro. Fue como sacarme la lotería. Sin embargo lo horroroso fue que las señoritas de Nutrición que están en Servicio Social tienen una actitud mecánica frente al enfermo. Como ese convenio estaba apenas echándose a andar, supongo, ellas mismas no tenían ni idea.
A finales de febrero del 2006 ya me habían diagnosticado, operado y realizado el protocolo de quimioterapia adecuado para curarme. “Usted ya no tiene cáncer. Lo tuvo en fase dos y en la base de un pólipo que estaba alojado en el ciego. Éste se lo quitó un excelente doctor el mismo día que le hicieron la colonoscopia.”
El cáncer en la base del pólipo hizo necesaria una operación para revisar los bordes del tejido de donde lo habían extirpado y me operaron con éxito. El resultado, bordes limpios. Revisaron los ganglios que estaban por ahí. Los sacaron. Encontraron dos ganglios malignos tomados de entre los nueve que habían extirpado. Suficientes para que me aplicaran quimioterapia. Me repitieron: “ya no tiene cáncer. Lo que vamos a hacer es evitar que si alguna célula maligna se ha ido al torrente sanguíneo se aloje en cualquier otro lugar”. Cerraron engrapando la herida y me hicieron, desde luego, los estudios para cerciorarse que no había metástasis.
Mi marido, gran acompañante, y yo, nos dimos a la tarea de seguir los pasos que me habían indicado en el hospital para seguir el protocolo de la quimioterapia. Mi marido, que es un hombre bueno, estaba tan asustado como yo. Me dijo de entrada, cuando se enteró de que estaba enferma: “no lo digamos”. Pero yo que soy por suerte una mujer extrovertida, le dije: “es tarde, se lo he comunicado a todo el mundo”. Y haberlo hecho fue lo máximo. Organicé a mi familia y a mis amigas para que me ayudaran en la tarea de acompañarme en el hospital, pues mi marido, divino, cuando me dijeron que me tenían que operar, me dijo muy serio: “yo sí tengo que trabajar”.
Debo decirlo, el cuerpo lo único que quiere es sanar.
Una vez que me operaron y descubrieron para mi fortuna lo que llaman “bordes limpios”, fui a las doce quimioterapias que dictaba el protocolo. Me plegué a cumplir con todo lo que me decían. Me colocaron un catéter en el pecho. Escuché música clásica. Me caí en la calle. Perdí el sentido del gusto. Me dolió el cuerpo. Escupí dos muelas en el lavabo. Tuve miedo. Comí frutas rojas. Perdí la capacidad de memorizar, la atención. Comí brócoli y coliflor. Mucho pescado. Y vi correr la vida de los otros como si no pudiera sumarme a ellos, como si sólo pudiera verla pasar a través de un gran ventanal. Pero mi cuerpo y nadie más que mi cuerpo me llevó como radioactiva por el camino de la quimioterapia hacia la salud. Un taxista de regreso del hospital a mi casa después de una sesión de quimioterapia me dijo: “perdóneme, no se ofenda ni piense mal, pero tiene usted los ojos más hermosos que he visto en mi vida, un brillo”, estuve a un paso de invitarlo a mi casa a tomarse algo.
Al entrar al baño y miré reflejado mi cadavérico rostro en el espejo, llegué a pesar 35 kilos, mis ojos verdes, luminosos, encendidos por el veneno de la cura veían con claridad.
Mi marido me llevó a respirar aire puro a la provincia los fines de semana. Mi hija veló mis noches aciagas sentada en Urgencias del hospital, mientras dos pacientes morían y sus familiares desamparados se condolían. Me acompañó en la primera y última quimioterapias de las que salí siempre con éxito, pues nunca bajaron mis defensas gracias a las comidas que me ofrecía mi hermana, llenas de verdura y proteína, pero sobre todo de cariño. La hija de mi marido vio conmigo las películas más insulsas y se río y me las explicó paciente, siguiendo el ejemplo de su padre que ni una sola vez dejó de decirme que yo era linda. Uno de los amigos de mi marido en una fiesta, durante el proceso de quimioterapia, me presentó con todos sus invitados como una más del grupo: “igual que tú y yo, él, ella se han salvado del cáncer”. Por unos instantes el vidrio que me separaba de la vida desaparecía: mostrábamos satisfechos el dedo chiquito doblado y nos sabíamos hermanos triunfadores como si fuéramos extraterrestres.
La quimioterapia fue un paso al más allá, pero al día siguiente de la última, mi cuerpo, siempre conmigo me levantó en la noche a comer y no dejé de hacerlo con profundo placer hasta que recuperé el ánimo, el sabor de la comida, mi pelo y los kilos perdidos. Desgraciadamente nadie me dijo que una vez sana: el cuerpo habría hecho lo suyo, pero mi cabeza aún tendría miedo. Me daba terror subirme a los camiones, chocaba los coches, lloraba por los rincones, me echaba las ollas encima, temía a mis alumnos y veía con sospecha a mi marido y aún a mis hijas. Regresé con mi psicoanalista, un hombre generoso que escuchó más de cien veces mi deprimido discurso. Mi marido me miró amoroso y descubrió que algo no estaba funcionando y me llevó al psiquiatra.
Después de un año de tomar antidepresivos y de repetir lo mismo a mi terapeuta, un mágico día oí mi propia voz con un discurso diferente. Dejé los antidepresivos y me volvió el gusto por la vida. Se me quitó el miedo y se reforzó mi alma. Descubrí por qué dicen por ahí que el cuerpo es oro y la mente también. Dejé de mirar a través del vidrio dónde el cáncer y mi recuperación me habían confinado para encontrar a mi marido, a mi hermana, a mis hijas, a mis parientes y amigos que estaban ahí en el lugar de siempre inamovibles, dispuestos, para que yo sintiera que por fin ya no había nada extraño en mi.
Ahora recuperada asisto cada seis meses a que me revisen. No niego que algunas veces me ataca el miedo, pero siempre pienso: de algo nos vamos a morir, ahora lo sé y entonces añado que cuando llegue la muerte quiero que me encuentre viva, contenta y realmente plena para poder separarme de la vida sin renuencia alguna, consciente de que nacemos, crecemos y al final morimos.